Carlos Mir (Barcelona, 1948): Abogado, crítico de cine, escritor, agitador cultural, sibarita.

 

Parece salido de un episodio de “Star Trek”, incluso de un cuento de hadas, pero aunque es un tipo fantástico no es un ser fantástico, es humano, muy humano. Es Carlos Mir. A Carlos Mir, lo conozco desde hace poco tiempo, pero desde el primer momento me pareció una persona de entrañable dimensión, uno de esos críticos que no necesitan su cohorte de seguidores para potenciar su figura. Y lo conozco de las largas, maratonianas, sesiones de pases de prensa que los críticos de cine vivimos con intensidad de lunes a viernes, por aquello de servirles a los potenciales espectadores nuestra particular visión de una película.

0 mirDesde el primer momento su sinceridad, su saber estar y su mirada un tanto diferente de los habituales de la crítica me interesó y empecé a valorarlo desde una nueva perspectiva. Poco a poco fui descubriendo al auténtico Carlos Mir, un increíble outsider a la española, en un nuevo momento de su vida, que regresaba de un largo viaje, como después me ha descubierto él, más allá de convencionalismos, normas y pautas sociales. No conozco por tanto esa etapa de su vida que él, en un acto de increíble sinceridad me ha comentado en un entrañable mensaje que me ha hecho llegar tras leer el primero de mis Retratos íntimos dedicado a José López Pérez.

No dudo nada de todo lo que en un breve y sincero resumen me ha informado el buen amigo Carlos Mir, pero entiendo de las veleidades de la juventud (uno también las ha padecido), y sobre todo porque con 20 años, justamente a finales de los años 60, en pleno franquismo, pero ya con las modas yeyé en la calle, The Beatles y Rollins Stone batiendo el cobre musical de una España que había descubierto el bikini en las playas de la Costa Brava y los primeros hippies pisando la dorada arena de Ibiza, es de entender esa huída hacia delante que Carlos Mir, según me cuenta, llevó a cabo. Los de una anterior generación, como el que suscribe, teníamos una edad ya granada como para poder saborear con intensidad aquellos momentos de nuevos aromas que se vivían en nuestro país, pero desde la distancia podías entender esos viajes alucinógenos de una generación que llegaba con más brío que la que tuvo que vivir una postguerra muy dura. Carlos Mir, excelente crítico y mejor amigo, que alardea, con esa ingenuidad de las personas buenas, de trisexual, cuenta y no para de aquellos años turbulentos donde sexo, droga y rock and roll era la moneda de cambio para buena parte de una generación que, como ocurre siempre, ha vuelto a la indisoluble paz del rebaño.

Carlos Mir que ha visto 18 veces “2001: Una odisea del espacio” (1968) y que ya sabe con certeza (ha estado en la India y en Nepal) que el famoso monolito es una puerta para entrar en otra dimensión. La de los extraterrestres dice él, aunque yo creo, con todo el margen de error que se quiera, que se refiere a nuestro propio mundo, que como es evidente está plagado de seres muy poco humanos.

A principios de los 70, cuando ya el aroma de lo prohibido había dejado de ser imprescindible, Carlos Mir empieza su andadura en el mundo del periodismo, especialmente centrado en el cine (ese amor que no tiene sexo y que es más adictivo que cualquier droga), para desarrollar desde entonces una densa carrera, colaborando y trabajando en infinidad de medios escritos, radiofónicos y televisivos y poniendo a prueba esa virtud tan suya de “todo terreno”, porque el cine se convierte en su verdadera droga y en su amor absoluto. Incluso, para no olvidar esos años de turbulencias juveniles, entre 1989 y 1995, se permite crear un bar singular, de nombre tan sugestivo como el de “Caos Mil”, un espacio temático dedicado al cine, donde las copas tienen sabor a Lauren Bacall y a Marilyn Monroe, y las noches tienen mil caras.

Carlos Mir es, además de un sibarita de la vida, el entrañable testimonio de una España que fue, entre la majadería de la censura y el despropósito del descalabro, un avance de lo que es ahora nuestro país. Asentado ya entre sus gatos, con la mirada igual de desafiante que cuando sigue las pisadas que dejó en las arenas ibicencas y que cada verano persigue como en sueños, Carlos Mir se puede permitir, entre película y película, una café con quien esto retrata, con la capacidad de saber perdonar todo aquello que de inexacto he vertido, con la mejor y única razón de hacer, de los buenos amigos, un retrato íntimo y sincero.

 

 

Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

Foto: José López Pérez

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