Estambul 65 en el Paseo MaritimoNo se trató de la poética llegada  de un equipo de cine, como en la hermosa película de Guerín “Los motivos de Berta”, ni la de unos cineastas, con un director  vociferante, como el que interpretó el gran José Maria Cafarell en “El Viaje a ninguna parte”, de Fernán Gómez; el equipo de rodaje que llegó a mi vida, cuando yo apenas contaba con cinco años de edad, llegó a las puertas de mi colegio. El colegio se llamaba, porque ahora ya ha desaparecido, Grupo Escolar Lepanto. Estaba en el barrio de la Barceloneta, en el Paseo Marítimo de Barcelona. Desde las aulas, si tenías buena suerte y te tocaba sentarte en las hileras de pupitres junto a las ventanas, podías ver el mar.  Los días de temporal, el espectáculo era fantástico y te distraía de las tediosas clases, y de la pizarra llena de pruebas del nueve para comprobar que las divisiones, eran acertadas. Esos días borrascosos, las palmeras del paseo marítimo se movían como si fueran parte del decorado de una película ambientada en un Caribe tormentoso. Pero el día que llegó aquel pintoresco, para mí, grupo de personas al paseo marítimo, en la amplia acera del colegio,  la que aparece en la fotografía,  el día era soleado.  

Algunos de aquellos hombres colocaron unas vías, que años más tarde supe que eran un travelling, otros soportaban unos reflectores encarados al sol,  y aún  otros, se ocupaban de la cámara; una Arriflex II C preparada para rodar en el formato Techniscope (el mismo que utilizó Sergio Leone en sus spaghetti westerns). Había frente a la cámara: figurantes que llevaban globos de colores, otros simulaban leer un periódico,  un actor (Horts Buchholz) vestido de mujer, una actriz (Sylva Koscina) y un letrero que indicaba que el colegio era ahora un establecimiento de baños turcos, el Venus Bath. Todo sucedía ante mis ojos como en un sueño.  Todos ellos parecían saber muy bien lo que hacían: construir una mentira divertida que convertía la Barceloneta en Estambul con un rótulo, unos vestidos veraniegos y un señor que vendía té, como lo hacen aún en las calles de la antigua Bizancio. Aunque yo no entendía por qué lo repetían tantas veces y porqué aquella divertida escena era observada por los que no aparecían en ella, con tanta seriedad.

En cualquier caso, debí pensar que ese era el mejor juego al que podría dedicarme mientras estuviera en el cole, y más tarde también, cuando tuviera una altura razonable. Y lo hice. Jugué a rodar películas con mis compañeros de clase, en los recreos,  hasta el bachillerato. Luego, he tenido la suerte de hacer películas.  Pero el día de esa fotografía, sí que tuve suerte,  porque Isasi, rodando “That  Man in Estambul” (Estambul 65), me regaló una vocación  y sobre todo,  la posibilidad de seguir jugando, que no es poco, cuando con los años parece que uno debe dedicarse a cosas aparentemente más serias. Así que, gracias maestro, por convertir La Barceloneta en Estambul.

Santi Lapeira

@santilapeira

 

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