fotnot_pacolobatonnn Por Paco Lobatón, periodista y académico fundador de la Academia de Televisión

“Se hace imprescindible una revisión de otros comportamientos que representan la antítesis del buen talento pero que perviven blindados por los datos de audiencia, el gran mantra”.

Hay una tele que nunca veremos: la de los proyectos que no consiguieron luz verde para pasar del papel a los platós. Hay miles de ellos. Han pasado a los archivos marcados con un NO. A veces les acompaña un documento explicativo con las razones del rechazo, pero casi siempre es el silencio administrativo la sustancia que los envuelve. Lo peor de este tipo de procedimientos por parte de cadenas tanto públicas como privadas, son las inevitables arbitrariedades derivadas de los mismos y que ha terminado por pagar el público.

¿Cómo? ¿en qué ? En mi opinión en forma de lo que podría llamarse talento cesante. Me vino ese pensamiento a la mente en el homenaje a Ignacio Salas, encuadrado con acierto en el marco de los Premios Talento de la Academia. Es sabido que eran los más queridos por Ignacio, sin duda porque en ellos encontró la manera de reivindicar los valores profesionales que, alejados del foco, son el sustento de la televisión nuestra de cada día. Entre ellos se encuentran los creadores de formatos. No es fácil identificarlos porque la dinámica importadora se ha impuesto a los programa de fabricación propia. Y sin embargo, en el repaso a la trayectoria de Salas había una luz más potente que todas las nostalgias: la de la creatividad que él junto a Guillermo Summers supieron aplicar al género probablemente más difícil, el humor, el humor inteligente.

Ahora que se cumplen diez años de El Intermedio me imagino a Ignacio desde su nube lanzando un bravo sincero y entusiasta de alegría compartida.

Tenemos doble motivo para celebrar el glorioso cumpleaños de Wyoming y Maikol y del equipo entero: el del valor terapéutico de su pócima, el más  saludable antídoto de la infoxicación  política que nos rodea, y el del valor añadido de la continuidad en la parrilla. Habría que identificar a quienes un buen día estamparon el SÍ al proyecto sin esperar a que hubiera triunfado en no se sabe qué país extranjero.

Puede que sean los mismos que apostaron por un joven con antecedentes de follonero  que consiguió la magia de reinventar un programa de reportajes donde mirar de frente a la realidad, preguntar sin rodeos a los poderosos y hacer todo eso bajo la divisa de más vale pedir perdón que pedir permiso.

Jordi Évole ya no es una joven promesa sino la confirmación de que hay un modo de hacer televisión en el que pueden coexistir la calidad del contenido y el interés de la gente. Hasta Rajoy se ha plegado a esa incontestable verdad.

Elogiar el talento en expresiones televisivas como las mencionadas – y en otras que no me es posible citar por razones de espacio; la ficción, merecería un capítulo aparte de reconocimiento- es no solo justo sino absolutamente necesario. Porque necesitamos modelos de referencia.

De igual modo se hace imprescindible una revisión de otros comportamientos que representan la antítesis del buen talento pero que perviven blindados por los datos de audiencia, el gran mantra, el único en la hora suprema de la cuenta de resultados. Ahí, ay, estamos tocando el fondo.

Dicho eso, hay muchos otros asuntos que reclaman de nuestro colectivo una reflexión urgente y decididamente autocrítica. Por ejemplo, y sin ir más lejos, sobre el tratamiento de la actualidad (especialmente los sucesos) en los contenedores matinales. Hay una práctica que recuerda a la pesca de arrastre, una dinámica marcada por la inmediatez a toda costa y por la obsesión  de llegar antes ( que no es lo mismo que ser el primero). Los sucesos reclaman un abordaje sereno y un trabajo elaborado con oficio y sensibilidad.

 El talento también consiste en eso. Como suele decir Miguel Ángel Aguilar: ¡ veremos!

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