Jamás quiso ser actor. Josep Maria Pou nunca tuvo vocación, “a la edad en que uno empieza a tener conciencia de lo que es un futuro yo tenía claro que quería ser periodista de radio”. Nació en los años cuarenta y cuenta que se educó “pegado a la radio”. Empezó trabajando en Radio Barcelona porque se recorrió las radios diciendo que quería trabajar allí, pero pronto aquello se terminó “por aquella cosa del servicio militar. En el 66 me llamaron para engrosarme en el ejército y aquello cambió mi vida, porque me destinaron a Madrid. Fui al ministerio de Marina en Madrid, donde no había mar ni barcos, con la ventaja enorme que tenía las tardes libres. El primer mes me hinché de cine y teatro y el segundo mes algo tenía que hacer, así que me matriculé en la Escuela de Arte Dramático”. Solo pretendía dar dos asignaturas: Técnica de Voz y Dicción. Adentrándose en el resto de clases descubrió que aquello no se le daba mal. Lo demás fue una matrícula de honor otorgada por su profesor Manuel Dicenta y su contratación por parte de José Luis Alonso para debutar de manera profesional en octubre del 70 con Romance de lobos en el María Guerrero. Solo había pasado un día desde su graduación.

 

No fue, sin embargo, su debut propiamente dicho, ya que en el 68 Adolfo Marsillach apareció por su escuela buscando “cuatro figurantes altos y corpulentos para montar Marat Sade, un texto que venía precedido de una fama increible de teatro revolucionario”. Por eso, el año que viene celebrará sus cincuenta años en la profesión. Desde ahí, pocos dramaturgos se le ha resistido a este actor: Valle Inclán, Chejov, Pirandello, Tenessee Williams

 

En cuanto a la creación del personaje en ambos medios, “el teatro tiene un proceso de creación mucho más largo, descubres poco a poco en los ensayos cosas del personaje. Para el cine tienes que ser un atleta, tener tu paleta de registros abierta como la cola de un pavo real para responder a lo que el director te pide en una inmediatez extrema”, manifiesta este artista que se volcó en el documental Màscares, de Elisabet Cabeza y Esteve Riambau, y al que arrebatan los personajes perdedores, “los que están llenos de heridas, con mucho dolor, que arrastran pérdidas, intentan sobresalir como pueden y casi nunca lo consiguen”.

 

 

Berger y Pons, dos fieles cineastas

 

Entre el público, Pablo Berger, que le ha propuesto un papel en cada una de las películas que ha rodado, aseguró que “a Josep Maria no hay que dirigirle, con él solo hay que sentarse en el asiento de atrás”. Le contestó su intérprete talismán declarando que “cuando entre un director y un actor surge complicidad, que es mucho más que fidelidad, es como si te prolongaran la vida, como si te regalaran unas muletas para seguir caminando”. Abrumado por las palabras de Berger, afirmó que “algún director también podrá decir que no es un placer trabajar conmigo, yo me he peleado con más de dos y más de tres” y apuntó que cuando no está convencido que un realizador sabe mucho más que él “empiezo a dudar, y si dudo me convierto en un ser de muy mal rollo”.

 

Otro de los cineastas que le ha sido más fiel en su trayectoria ha sido Ventura Pons, director de la película que ayer disfrutó el público antes del coloquio. “Amic/Amat es una película fundamental en mi carrera y en mi vida. Porque nunca pudiese en que yo pudiese ser actor de cine, y con este filme comprobé que la voluntad de desear algo con todas tus fuerzas da resultado”, cuenta decidido al tiempo que relata que se enamoró del personaje del texto teatral que inspiró la película en la figura de Juan Diego.

 

La del periodismo no es una vocación frustrada para este actor, “porque como intérprete pregunto, comunico ideas y planteo problemas y alguna solución a los espectadores”, pero aunque le gusta mucho escribir, hace ya años que tiró todos sus escritos, “me falta la capacidad de fabulación. Aún así, descubrí un camino que me ha permitido mantener mi vocación literaria, la traducción”. Este actor que estudia sus personajes caminando por la calle en los lugares más ruidosos que uno pueda imaginar tiene claro que “sin buena memoria es mejor dedicarse a otra cosa. Con la cantidad de textos que me he aprendido en cincuenta años yo podría haber aprobado 250 oposiciones”. 

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