En la película Handia, el equipo de Moriarti -productora responsable también de Loreak- imaginan cómo sería la vida real de Miguel Joaquín Eleizegi, conocido como el Gigante Guipuzcoano a raíz de sus más de dos metros de altura, que vivió en el pequeño pueblo de Altzo en la época de las Guerras Carlistas. El aura legendaria del personaje llega a través de la mirada de su hermano Martín, el primero de darse cuenta de que “la gente está dispuesta a pagar por lo que no han visto nunca”.

Ambos salen de gira por España y Europa, con un espectáculo que subraya la condición alienígena del Joaquín a través de la sonoridad del euskera, la única lengua que conoce. Y mientras uno desea abrirse a la sociedad burguesa, el otro se lamenta porque siente como le crecen los huesos y añora el hogar. La tensión entre tradición y progreso mal digerido expone con transparencia, imbricándose en el complicado afecto familiar. La medida emotiva, fundamental para no precipitar el último acto del filme va de la mano de una puesta en escena apoyada en imágenes de tierra y niebla, en las que la nitidez del digital hace más estorbo que, pero que resultan siempre sólidas como una buena silla. Sólo una secuencia rompe el semblante sereno del relato: el encuentro entre el Joaquín y la reina Isabel II, que ejemplifica la sempiterna humillación del pueblo por parte de la monarquía. Spectator