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A pesar de que los rumores sobre su extinción no han dejado de crecer en los últimos tiempos (así lo afirman diversas personalidades del sector, desde Cristiano R. Amon, presidente de Qualcomm, la famosa productora de chipsets, a Yves Guillemot, actual CEO de Ubisoft), las consolas de videojuegos permanecerán en el mercado durante los próximos años. Así lo evidencian los nuevos proyectos de Sony y Microsoft, que esperan poner a la venta la PlayStation 5 y la Xbox One Series X (sucesoras respectivas de las PlayStation 4 y Xbox One) en la campaña navideña de finales del año en curso.

Los analistas que profetizan la desaparición comercial de las videoconsolas basan su previsión en el desarrollo de los servicios de streaming para videojuegos. A su juicio, este sector será el próximo en terminar engullido por la nube después de la música grabada y las películas/series. No sólo Sony y Microsoft han querido adelantarse a los acontecimientos creando sus propias plataformas de streaming (PS Now y xCloud, ambas ya operativas), sino que también compañías como Google o Nvidia han apostado por esta fórmula con proyectos como Stadia y GeForce Now respectivamente.

Con todo, si bien no es descartable que esta tendencia pueda confirmar a largo plazo que PS5 y One Series X sean los últimos productos de su clase en ver la luz, hay aspectos considerables que permiten augurar un futuro sólido para la que sería la novena generación de consolas. Y es que, aunque la potencia de las nubes en que las compañías alojan los videojuegos para su uso en streaming es cada vez más considerable, todavía hay argumentos tecnológicos de peso para confiar en las posibilidades comerciales de las apetecibles joyas de Sony y Microsoft durante unos cuantos años más.

Ray Tracing, promesa y reto

Después de seis años en el mercado, PlayStation 4 y Xbox One permanecen como únicas consolas de sobremesa después de que Nintendo se haya bajado del carro apostando por un modelo híbrido, la Switch, que ha logrado hacerse con una parte considerable del pastel comercial (50 millones de unidades vendidas en tres años) con su concepto mucho más cercano al gadget portátil. Con todo, resulta obvio que, fuera de Japón, Switch es un producto mucho más atractivo para el jugador casual que para el verdadero aficionado a los videojuegos, quien tradicionalmente exige contenidos más sólidos en argumento y más atractivos en el apartado gráfico.

Quedando así Sony y Microsoft como representantes únicos de este sector de mercado, es normal que su estrategia pase necesariamente por una revolución tecnológica, algo que en esencia no han podido aportar PS4 y Xbox One a pesar de su indudable mejora con respecto a sus predecesoras, PS3 y Xbox 360. Y en este terreno, el avance radical viene de la mano del llamado Ray Tracing o tecnología de trazado de rayos en tiempo real.

Para resumir el estado de la cuestión diremos que, hasta la fecha, el modo en que los creadores de videojuegos han podido generar efectos visuales cada vez más perfectos y llamativos ha sido el simple perfeccionamiento del renderizado. En esencia, este último consiste en la generación de objetos tridimensionales figurados a partir de una malla de triángulos virtuales, los famosos polígonos, que luego son convertidos en puntos en la pantalla bidimensional. Esto significa que en realidad la sensación 3D es ilusoria, ya que en realidad la base del motor gráfico trabaja con elementos 2D a los que se les implementa artificialmente un volumen. Por eso los reflejos que vemos en pantalla no siempre se corresponden con lo que en realidad deberíamos ver, como bien saben los jugadores expertos, a quienes molesta que los reflejos proyectados por la carrocería de uno de los prototipos de Gran Turismo o por una de las armaduras de Skyrim a veces sea completamente irreal a pesar de su indudable sensación de tridimensionalidad. 

En cambio, el Ray Tracing va mucho más allá de esta mera recreación. Desarrollada por Nvidia, esta tecnología simula el comportamiento de la luz en el mundo real, que genera sombras y texturas al contactar los fotones con las superficies de cualquier cuerpo. De hecho, el cine lleva ya años recurriendo a la misma en sus efectos especiales y la propia NVIDIA la adaptó al mundo de los videojuegos hace dos años al implementarla en sus tarjetas gráficas de muy alta gama. Y aquí es donde algunos especialistas ponen en duda que Sony y Microsoft cumplan con su promesa de implementarla en PS5 y Xbox One Series X: por un lado, porque estas tarjetas gráficas tienen un coste prácticamente idéntico al que se espera para las consolas mismas; por otro, porque a pesar de su calidad gráfica deben funcionar con equipos de altísima potencia para que no se vea afectada la tasa de fotogramas por segundo, el famoso FPS cuya caída tan molesta resulta a los jugadores experimentados. En otras palabras: a más realismo fotográfico, mayor lentitud en el movimiento de las imágenes. Cómo resolverán este problema tanto los fabricantes de consolas como los desarrolladores de videojuegos es un misterio, así que lo más aconsejable es ser prudente en nuestras expectativas; al menos, en una primera fase de comercialización.

La tecnología Ray Tracing, desarrollada por Nvidia, simula el comportamiento de la luz en el mundo real, sin renderizados.

¿Adiós a los tiempos de carga?

Pero más allá de que la aplicación del Ray Tracing sea una realidad en PS5 y Xbox One Series X, ambos productos tienen buenos argumentos de venta. Uno de ellos es el uso de unidades de almacenamiento SSD compatibles con el estándar PCIe 4.0. Esto supone un avance gigantesco con respecto al almacenamiento de la PS4 y la Xbox One, que por defecto se encomendaba a un disco duro de 500 GB a 5.400 RPM, lo que obligaba a muchos usuarios a adquirir discos duros externos para doblar o cuadruplicar la capacidad. A falta de detalles concretos, es evidente que, sean cuales sean los componentes específicos en cada consola, ambas reducirán de forma radical los tiempos de carga de los juegos. Esto puede ser particularmente importante en recreaciones de mundos abiertos que, como Skyrim o GTA V, se despliegan sobre mapeados descomunales. PS5 contará con una potencia de 9.2 teraflops de potencia (casi el cuádruple de PS4); mientras que Xbox Series X alcanzará cerca de 12 teraflops. La capacidad también permitirá almacenar muchos más juegos descargados, si bien no son pocos los nostálgicos dispuestos a abandonar la costumbre de adquirir los discos físicos, que serán HD Blu-ray de 100 GB. Este soporte podrá trabajar en resoluciones de 8K, y se da por sentado que en resoluciones 4K se moverá sin problemas a 60 FPS, una de las promesas no cumplidas de la última generación de consolas.

Los procesadores “barrerán” a los empleados en productos anteriores. PlayStation 5 empleará una GPU AMD Navi y una CPU Ryzen Zen 2, mientras que Series X recurrirá a un procesador AMD Zen 2 con arquitectura RDNA. En ambos casos la potencia cuadruplica la de los modelos predecesores con el fin de alcanzar un hito con el que los jugadores sólo podían soñar hace tres o cuatro años: mover juegos con definición 8K bajo tasas de 120 FPS.

El resto de detalles técnicos tanto en lo que respecta a PS5 como a Series X, son algo menos relevantes. La consola de Sony presentará un nuevo mando, el DualShock 5, que presentará diversos niveles de resistencia en función de la actividad del juego (la sensibilidad a aplicar para accionar el acelerador de un coche, el gatillo de un rifle de asalto o el pie a la hora de chutar un balón deberían ser muy distintas en cada caso), mientras que Series X apostará más por la retrocompatibilidad, lo que implica que los usuarios podrán emplear juegos y periféricos de anteriores versiones de Xbox.

Por descontado, falta todavía detallar el apartado más importante, el que hace que una consola sea recordada por sus usuarios como un producto legendario: el parque de títulos. Pero este asunto es lo suficientemente extenso como para dedicarle un artículo independiente, cosa que esperamos hacer próximamente. En cualquier caso, Sony y Microsoft parecen haber recogido el guante del desafío tecnológico y todo hace indicar que sus nuevos productos se mantendrán en lo alto del mercado hasta más allá del meridiano de la presente década.

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